Katherine Kuh y una proposición indecente


Katherine Kuh HerstoryEx-mujer, galerista y marchante, conservadora del Instituto de Arte de Chicago

“Recuerdo un día en el que iba sentada en el vagón-bar de un tren, completamente cubierta de sudor, pues eran tiempos anteriores al aire acondicionado. Enfrente estaba sentado un mejicano de mediana edad, el cual, pasado un rato me invitó a tomar una cerveza con él. Era un ejecutivo de la compañía cervecera Carta Blanca camino de su oficina en Monterey. Yo le hablé un poco de mi galería y él del negocio de la cerveza, pero precisando que, entre sus intereses, figuraban también la música y la arqueología.

Al bajarse del tren en Monterey, intercambiamos nuestras tarjetas de visita, pero he de decir que se borró prácticamente de mi memoria. Por eso, me pilló prácticamente desprevenida cuando, al invierno siguiente, me lo encontré esperando frente a la puerta de mi galería una mañana de febrero. Me explicó que se hallaba en Chicago por asuntos personales y me invitó a cenar con él aquella noche. Todo transcurrió de manera muy agradable, y después de la cena me pidió ir a mi apartamento para hablarme de un asunto que llevaba tiempo preocupándole. Una vez allí me informó que tenía mujer y un hijo pequeño, los cuales significaban mucho para él, y que desde hacía unos años pasaba una noche a la semana con su amante, quien estaba de acuerdo en que, si alguna vez lo veía en público con su mujer, no daría señal alguna de haberlo reconocido. Tras aquella fría exposición, sin dar la menor muestra de sentimiento, me invitó de repente a convertirme en su segunda amante, ateniéndome a las mismas normas, con la novedad de que él financiaría los gastos de mi galería y la trasladaría, conmigo incluida, a la ciudad de México. La galería seguiría llevando mi nombre y exponiendo are europeo de vanguardia. Además, él me buscaría una secretaria y un ayudante, y se encargaría de que no me faltasen los mejores catálogos y otras comodidades. La nuestra sería una relación muy agradable: yo no tendría que trabajar tanto ni preocuparme por los problemas financieros, y él esperaba que su proyecto alegrara tanto su vida como la mía.

Ni que decir tiene que me quedé de piedra. Que aquel señor tan educado me hubiera interpretado de una manera tan equivocada y que yo, tras varias horas de conversación en el tren, no hubiera sabido tampoco leer sus intenciones, me dejó bastante preocupada.

Yo le expliqué que tenía dos vidas, una personal y otra profesional, y que él quería llevarse las dos de un plumazo, en un mismo lote. Que no necesitaba ninguna secretaria ni ningún ayudante, ni quería abrir una galería en México. La quería abrir en Chicago. Además, como tampoco compartía su opinión obre nuestra futura felicidad mi respuesta era un no. Sin dar la menor muestra de decepción, se levantó, se puso el abrigo me besó la mano de manera formal y desapareció. Nunca más volví a saber de él”.

Fragmento de ‘Mi historia de amorcon el arte moderno’. Katharine Kuh. Editorial Turner.

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